A pesar de que el parte metereológico pronosticaba lluvias para los cuatro días que me disponía a pasar en las inmediaciones de Liencres (Cantabria) en compañía de la familia, decidí cargar con todo el equipo fotográfico. Quien sabe si la suerte me sonreiría.
Había visto el trabajo de fotógrafos de la zona y sabía que la playa de Liencres tenía un alto potencial fotográfico. Por su orientación al NW las mejores oportunidades las tendría en las últimas horas del día aunque no descartaba jugar con las luces del amanecer en dirección opuesta al sol, sobre todo si unas pocas nubes hacían acto de presencia.
Después de un sábado pasado por agua, el domingo amaneció inesperadamente luminoso. Nada más abrir los ojos desde la habitación vi como la luz de la mañana inundaba el comedor y lamenté haberme perdido la oportunidad de capturar un bonito amanecer sobre todo al comprobar que las nubes que plagaban el cielo eran precisamente aquellas que había visualizado en mi imaginación.
Pero mi lamento fue sólo a medias. Aún no había inspeccionado con suficiente detalle la zona y no tenía una idea clara de sus posibilidades in situ. Requisito imprescindible si piensas llegar a un sitio aún de noche, más aún si hay marea alta.
No estaba todo perdido, aún me quedaba el atardecer si el tiempo no lo impedía y el resto de la jornada para familiarizarme con el lugar. Así pues, tras disfrutar de las horas centrales del día en compañía de mi mujer y mi hijo paseando por la playa y alrededores, pude formarme una idea más clara de la zona con más posibilidades. Al llegar la tarde pedí a mi mujer que me dejase media hora a solas para tratar de capturar las últimas luces de un atardecer que prometía bastante. Necesitaba concentrarme a tope para aprovechar al máximo lo que podría ser mi única oportunidad de inmortalizar las luces de la puesta de sol en la playa de Liencres.
Antes de plantar el trípode y ni siquiera sacar la cámara de la mochila me dediqué a caminar de roca en roca dejando que la playa y sus mil y una composiciones celosamente guardadas penetrasen por todos los poros de mi piel. En mi empeño por sacar orden del caos que me rodeaba me acercaba al límite de la orilla, andaba en círculos, daba un paso adelante, otro atrás, me agachaba, volvía al mismo sitio en el que había estado hacía escasos minutos por si algo se me había pasado por alto, pero... lo que veía no me convencía, no terminaba de producirse ese flechazo, ese amor a primera vista que se produce cuando uno ve una composición que sabe que funciona. Así estuve por lo menos cuarto de hora y el sol, inexorablemente, continuaba su camino hacía el fin del día.
Pero de repente..., vi como unas singulares formaciones rocosas emergían de la arena describiendo unas suaves curvas en dirección al sol. Fue entonces cuando me decidí a sacar la cámara y mirar a través del visor y comprobar que, efectivamente, esa era la escena que buscaba, el secreto que la playa de Liencres me estaba guardando pero que me tenía que trabajar. El resto fue sólo cuestión de técnica: plantar el trípode y la cámara con el encuadre visualizado, ajustar el diafragma, el punto de enfoque, exposición y elegir el filtro degradado neutro adecuando. Durante los 10 siguientes minutos hice varias exposiciones con el mismo encuadre todas ellas diferentes a medida que el sol emergía de entre las nubes, para luego elegir ese momento único en el tiempo. Detrás de mi la gente, al ver el maravilloso espectáculo, se detenía para retratar con su compacta su visión particular de lo que observaban sus ojos. Me pregunto si lograron captar la mitad de la magia que yo me traía a casa.
Al final, esta fue la única oportunidad que se me presentó, el único guiño que me hizo el tiempo y la única foto de paisaje que pude hacer en los cuatro días que pasé en la localidad de Liencres. El resto de días la lluvia y los cielos cubiertos fueron los principales protagonistas.
Cuando consigo tomas que creo satisfactorias me gusta extraer conclusiones que me sirvan para el futuro y refuercen aquellas ideas que ya tengo presentes. En esta ocasión extraigo lo siguiente:
1.- Cuando se visita una zona por un corto espacio de tiempo un estudio sobre el papel del lugar a fotografiar es primordial. En este caso consistió en ver la orientación geográfica de la playa, estudiar las horas de salida y puesta del sol y la tabla de mareas. Y por supuesto ver el trabajo de otros fotógrafos de la zona con el fin de conocer las posibilidades del lugar y sobretodo con el fin de inspirarme. Con todo ello, el éxito no está asegurado.
2.- El viajar con niños pequeños, aunque resulta ser un factor muy limitante, no imposibilita el hacerse con buenas fotos y disfrutar tanto de tu familia como de la fotografía de paisaje. Por suerte, los momentos más idóneos se dan en los límites del día y la noche, precisamente cuando los pequeños suelen estar durmiendo o a punto de irse a la cama. Los amaneceres serán los momentos más propicios para trabajar en soledad. Los atardeceres pueden ser más problemáticos, pero si el alojamiento se ha elegido con cuidado, cerca del enclave a fotografiar estos problemas pueden minimizarse.
3.- Muchas fotos no es sinónimo de buenas fotos o dicho de otra forma, pocas fotos no es sinónimo de malas fotos.
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